Miscelánea

En memoria de Nacho Suárez Huape

ignacio-suarez-huapeIgnacio Suárez Huape, Foto de Luis Gordoa

En la lucha social morelense hay un gran hueco, un vacío, dice el autor de este texto entrañable, que hace un homenaje a las ideas pero sobre todo a las acciones del activista Ignacio Suárez Huape, a cuatro años de su fallecimiento.


 

Allá por el año 76, con mis hermanos Gilberto y Miguel, alquilábamos un cuarto en la calle Chiapas de la colonia Roma, del DF. En las noches íbamos a la Cenaduría Hermelinda, en la calle Coahuila. Un asiduo comensal, joven, flaco de bigote negro tupido, llegaba a hacerle compañía a la propietaria, sentada en la mesa cercana a la cocina. Un fin de semana lo vi en Jojutla, manejaba un coche negro, de los años 40. “Disculpa, ¿eres de Jojutla?”, le pregunté al verlo nuevamente en la cenaduría. “No”, respondió secamente. “Ibas manejando un coche antiguo”, insistí. “Me confundes, no era yo”, respondió cortante. “Pinche mamón”, pensé.

A la vuelta de dos años, asumí la cátedra de Historia de las doctrinas políticas en la Preparatoria de Jojutla. En la puerta del salón, al entrar a la primera clase, el mamón aquel, con una caravana, me sorprendió:

–Adelante, soy el jefe de grupo, bienvenido al salón más ordenado de la prepa.

–Te conozco, siempre llegabas a la Cenaduría Hermelinda –le dije.

–No, me confunde –respondió.

“Sigue haciéndole al ensarapado”, pensé.

Del grupo más ordenado de la prepa brotó el chacoteo: “Luego se conocen”, “anótale dirección y teléfono”, “llévatelo pa’tu casa”, “ya, dale un beso”…

Al finalizar la clase, el flacucho bigotón, con risa pícara, se acercó al escritorio.

“El de la Cenaduría Hermelinda es mi hermano, se llama Manuel. Nos parecemos mucho. Yo vivo aquí, con la tía Pinita, hermana de Hermelinda. Me conocen como hijo del señor Canedo, el abonero”.

Rápido nos hicimos cuates. Era de carácter hiperactivo, preguntón, inquieto. “Sugiérame libros, me gusta leer”, me dijo. Le presté Las venas abiertas de América Latina. A la semana me lo devolvió intacto. “Ni lo leíste”, le dije. “Claro que sí, me lo devoré. Lo que pasa es que el fin de semana fui a México y lo adquirí; el suyo sólo lo inicié y, de paso, hasta compré Días y noches de amor y de guerra del mismo autor y pa’que no diga, le traje uno a usted”.

Con el tiempo, casi al final ciclo, le propuse hacer un periodiquito estudiantil; la idea le agradó bastante; en dos por tres reunió a una veintena de amigos y amigas. Le llamamos Pluma Crítica.

Del dichoso periodiquito tan sólo salieron dos números. En ese grupo preparatoriano estaba gente con la garra suficiente para dejar impronta con el tiempo. Aquí se puede conocer el primer escrito salido de la prolífica mano de Nacho, a sus 19 años.

Una tarde de ese año 1978, recién iniciada la clase de Historia de las Doctrinas Políticas, mientras yo anotaba en el pizarrón, el alumno flacucho, sin pedir permiso, entró veloz rumbo a su butaca, gritando: “Ese profe, invite a pegar La voz de los pobres”, provocando un alud de carcajadas y un ruidoso comentario anónimo: “Órale, ya salió el peine”. Esa mañana, postes y paredes de las principales calles de Jojutla, Zacatepec y Tlaquiltenango habían amanecido tapizadas con un cartel tamaño oficio, a dos tintas, en el que se llamaba al pueblo en general, a la clase trabajadora, a los campesinos, a los estudiantes, a organizarse y a luchar con el objetivo de acabar con el mal gobierno del PRI.

Al término de la clase, el flacucho gritón, en corto, me la soltó:

–En serio, invíteme. Nomás diga cuándo; es más, le junto otros chavos, ¿cuántos quiere?

–Mira –le anticipé–, esto es serio y delicado. Lo primero que se necesita es discreción, no lo puedes andar pregonando a diestra y siniestra; lo segundo es estar dispuesto a sacrificar algunas cosas, por ejemplo, el sueño, porque las pegas se hacen muy de noche, en la madrugada, pues. Lo tercero, el gobierno es implacable contra la oposición, puede soltar la represión.

Escuchó, atento pero sin separarse de la sonrisa socarrona.

–Entonces qué, cuándo y cuántos quiere.

–Yo te aviso cuando llegue el siguiente paquete –le dije. Yo llevaba tres años enrolado en un grupo con vínculos sindicales, populares, estudiantiles y campesinos en varios estados del país.

Cuando dieron luz verde para las pegas sincronizadas, le avisé a Nacho; él invitó a tres muchachos. Nos juntamos en casa de su tía Pinita.

–Ya duérmase, tía –le decía Nacho.

–No tengo sueño, ¿qué tanto haces en la cocina?

–Estoy preparando un atole para mis amigos, no han cenado.

–Si quieres les preparo unos huevos fritos, hay frijolitos –dijo la tía Pinita, encaminada a la cocina. Nacho la atajó cariñosamente.

–Ándele, métase a la cama, no quiero que se me resfríe.

Pasada la medianoche, una vez que Nacho se cercioró de que la tía dormía plácidamente, salió la valiente brigada, con roles asignados, a su primera pega. Uno llevaba el manojo de volantes debajo de la chamarra, en la panza; otro cargaba en una bolsa de mandado varios cartones de leche con engrudo. Uno más untaría la superficie, otro los pegaría y el quinto, parado en una esquina, echaría aguas; con un chiflido indicaría si había moros en la costa. Nos disponíamos a terminar la primera tapizada cuando, el de la esquina, manoteaba y soplaba, sin poder chiflar. Aparecieron dos policías y caminaron directo a leer lo que habíamos pegado. La valiente brigada, sin apanicarse, caminó hacia la próxima esquina, con el acuerdo de que al doblar, patas pa’cuando son. Los policías, con ira, arrancaron la docena de carteles y dieron pitazos de alerta. Corrimos cuatro cuadras como alma que lleva el diablo. Nos escondimos dentro de unos matorrales espesos, en la confluencia de las calles 20 de Noviembre y 18 de Marzo, frente a donde hoy es el IPRES. La patrulla pasó por el lugar tres veces, buscándonos. Nos mantuvimos a salvo gracias a sus tristes linternas. Pasado un buen rato, cuando sólo imperaba el ruido de la noche, salimos del escondite. “Hay que seguirle”, animó Nacho. “Orales”, dijimos todos. Pero el de los volantes se tentó la panza y ya no llevaba nada. Los del engrudo tampoco llevaban la bolsa. “Bonito bautizo”, dijo Nacho. A las dos de la mañana cada quien se fue a su casa.

Di a mi contacto santo y seña de lo que había pasado. Nacho pasó la prueba. Fue mi primer recluta. A partir de allí, durante más de 35 años, sin tregua, sin retirada, Nacho, generoso, se clavó frenéticamente en el activismo social y político. Subía y bajaba. Trabajaba y estudiaba. Entró a la Facultad de Filosofía y Letras y tiro por viaje se le veía inmiscuido en diversas actividades en la zona sur de Morelos.

A fines de 1981, con Nacho y otros nuevos adeptos, nos dimos a la tarea de publicar quincenalmente el boletín Hoja obrera, con un tiraje de 10 mil ejemplares y de cooperación voluntaria. En el tejido de la red de distribución, a puerta de fábrica, Nacho involucró a varias gentes. Por ejemplo, a Reyna Ocampo, que lo había acompañado en el periodiquito estudiantil y que, ya siendo juez de lo penal, puntual y religiosamente se las ingeniaba para repartir el boletín en el depósito de la Coca Cola de Zacatepec y devolver el bote de leche Nido repleto de monedas. Otro de sus compañeros estudiantes, Gerardo Casamata, ya funcionario en la Contraloría del Estado, también, con disciplina, se encargaba de llevar el boletín a la fábrica de Cartuchos Mexicanos. En la red de colaboradores de Hoja obrera destacaron los profesores Pedro Ortega, Heliodoro Mejía, José Basurto que serían, en poco tiempo, forjadores del Consejo Central de Lucha, el combativo CCL. Entre los obreros figuraba Federico Castillo, el de Tetelpa, quien trabajaba en el Ingenio Emiliano Zapata.

En torno a Hoja obrera, que circuló por seis años, se conformó un grupo sindical con presencia muchas fábricas.

Aunque Nacho había ingresado a la UNAM, a la carrera de Estudios Latinoamericanos, se daba tiempo para acompañar y dirigir las luchas populares de la zona sur del estado, al mismo tiempo trabajaba de taxista en el D.F. Cuando andaba por acá, cogía su manojo de tarjetas de abonero, amarradas con una liga gruesa, se trepaba en una bicicleta para cobrar a los deudores del señor Canedo que había pasado a mejor vida.

Destacó como organizador en el Comité de Solidaridad con Nicaragua, que envió toneladas y toneladas de víveres, ropa y dinero al pueblo sandinista en la etapa final de la insurrección contra la dictadura somocista. Después, ya derrocado el dictador, participó en el envío de brigadas que ayudaron en la cosecha de café. Yendo y viniendo, sobresalió en la fundación de la Unidad Popular Cañera.

En el año 91, yo como director y Nacho subdirector, más el apoyo de una docena de colaboradores como Irene Cárdenas Trejo, Manuelita Núñez, Pepe Cuevas, Leonor Segura, Inés Montaño, Carolina Estudillo, Antonio Arana, Pedro Reyes, Gerardo Reyes, publicamos, por tres años, el semanario ¡No que no! También se daba tiempo para colaborar en Correo del Sur.

Luego participó en la fundación del PRD del que fue su segundo presidente. De 1997 a 2000 fue de los más aguerridos diputados que lucharon contra la inseguridad y la complicidad del gobierno de Carrillo Olea.

Devoto lector de buena literatura. Frecuentemente traía un texto en la mano. Cuando se trataba de regalar algo, daba un libro o un disco de buena música. Compulsivo redactor de cartas puntillosas. Los destinatarios de sus dardos por lo general eran encumbrados políticos y funcionarios de todas las filiaciones. Rebelde innato. Al menor atisbo de que alguien pretendía imponerle algo, emprendía el camino por su cuenta y riesgo.

Dos meses antes de su fallecimiento, sabedor de que me ignoraría, le dije que se la llevara leve, que se arriesgaba demasiado. Él, de estirpe indómita, quizás aceptaba en el inconsciente que su vida no sería longeva, por ello vivió intensamente. He ahí la razón por la que su recuerdo es indeleble. Era de los que sólo se aplacan si los sacan de este mundo con los pies por delante.

En la lucha social morelense hay un gran hueco, un vacío. Hace falta su intransigente voz.

En la última foto se ve a Nacho iniciándose como reportero. ❧

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